Capitulo 1 de Novela Juan Herrero
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Un fragmento de un proyecto de novela...

 

Por Juan Rafael Herrero Montagud

 

Bueno compañeros, estamos a poco más de un mes para la celebración del encuentro y es necesario que vayamos calentando motores. Y este es el motivo de presentar a la picota pública este escrito que vais a leer ( o no ) a continuación. Hablando por teléfono con Prudencio, se me ocurrió comentarle que entre mis aficiones se encuentra la de escribir alguna cosa de vez en cuando, desde hace ya bastante tiempo, aunque no he pasado nunca de publicar mis escritos del nivel de la prensa local, o en algún catálogo de pintores amigos míos. Le comenté que tenía desde hace tiempo un proyecto, nunca mejor dicho, porque no pasa de esa fase desde hace más de cinco años, de novela, en el que se hacía referencia a mi paso por la Uni, y él me animó a compartir este impublicado, y espero que no impublicable, fragmento de ésta. En mi descargo os informaré que él ha sido el primero en leerlo y que cuento con su beneplácito, lo cual me libera un poco de la tensión de presentarme en publico como autor novel.

 

Yo tuve la enorme suerte de que fueran mis padres conmigo a acompañarme aquel primer día en que nos incorporamos, razón de proximidad, pero sé que a muchos de vosotros se os alargó la angustia que intento reflejar durante las horas interminables que tardaban aquellos autobuses de Capaz o de Transvía en llegar desde vuestros lugares de origen. Sin embargo, omitiendo el tema temporal, creo que los sentimientos y sensaciones que se reflejan son los mismos, aunque pudieron ocurrir en diferentes situaciones de tiempo.

 

Espero que os guste, y que no se os haga un nudo en la garganta al leerlo. Gracias anticipadas, y estoy abierto a críticas y sugerencias, así como a ideas y anécdotas que podais darme desde el foro.

 

Capitulo 1 de una Novela de Juan Rafael Herrero Montagud

 

El coche se tragaba los kilómetros rápidamente. Demasiado deprisa. El paisaje fue convirtiéndose triste. Me iba lejos de casa. Demasiado lejos. El miedo y la curiosidad se mezclaban, inocentemente, en mis pensamientos, haciendo que temblara febrilmente. Era muy joven. Demasiado joven. No tenía ni idea de lo que iba a encontrar. La única preocupación de mis padres era adivinar cómo me sentía. Pero yo no podía decírselo....

             Mi madre, por enésima vez, y desde una semana atrás, me recordaba cuáles debían ser mis pautas de comportamiento en mi nuevo colegio e insistía, una vez más, en averiguar si estaba seguro de querer comenzar esa nueva etapa de mi vida. Yo lo tenía claro. Demasiado claro. El transcurso del tiempo me enseñaría, años después, la importancia de aquella decisión. Dejaba mi pueblo, mis amigos, mi familia, todo lo que quería hasta ese momento.

             Era una tarde gris de septiembre ...

             Cuando llegamos, me acojoné. Mi primera mirada hacia mi nuevo colegio topó con una verja. Entendí de inmediato que era para impedir la salida. No era un cercado como los que estaba acostumbrado a ver, esos que saltaba cuando se acababa el verano, en busca de los primeros racimos de uva que crecían en las viñas que ocupaban gran parte de lo que en mi pueblo llamábamos "El Secano".

             Tras aquella alambrada se asentaba un gran monstruo. Un monstruo muy grande y muy gris. Todo era del color del hormigón: los edificios, el cielo, incluso el uniforme de los porteros. Todo comenzó a pintarse de gris. También mis sensaciones. Quería llorar, pero sabía que debía aguantar. El coche traspasó la verja...

             Los hombres grises dirigía el tráfico. Advertí que habían muchos porteros, demasiados. Pero sólo una puerta...

             Finalmente, el coche se paró. Mi padre descargó la maleta y comenzamos a andar. Caminamos bastante tiempo, al menos eso me pareció, mientras pasábamos junto a ordenadas filas de edificios. Todo era gris, monótonamente gris. Llegamos, finalmente, a mi lugar. Iba a ser mi segunda casa, ellos siempre lo nombraban así. Era, cómo no, un alto edificio gris. Entramos. ¡Qué frío!. Tras una mesa estaba sentado un niño prácticamente igual que yo. Uno de mis nuevos compañeros....

             Tras darme la bienvenida, me preguntó mi nombre; buscó meticulosamente si éste aparecía en la lista de futuros inquilinos. Después de comprobar que mi nombre estaba incluido en aquel listado, me dijo el número de la habitación que iba a ocupar y me señaló una puerta roja, cerrada, donde debía ir a presentar la documentación pertinente.

             Mi padre llamó y, seguidamente, se oyó una voz que nos permitía acceder a aquel despacho. Era un hombre joven, de pelo rubio y un espeso bigote. Sus ojos eran azules ... Su aspecto me inspiraba confianza. Se levantó de la silla y me ofreció su mano, antes que a mi padre. Después, la estrechó con ellos. Yo estaba muy nervioso. Al mismo tiempo, continuaba el inevitable rito burocrático. Mi padre le entregaba los documentos que acreditaban mi incorporación en el centro, mientras establecían entre ellos la habitual conversación que gira en torno a la meteorología y a la procedencia del peculiar acento que exhiben ambos al hablar. Ni mi madre ni yo habíamos articulado palabra.

            Nos acompañó al dormitorio. La escalera también era gris; seis pisos de escalones y paredes grises. Llegamos al dormitorio. Dos pasillos paralelos. Un espacio entre dos galerías del que partían dos grandes pasillos. Eso era el dormitorio. Llegamos a la habitación. Mi habitación. Cuatro literas rojas y ocho armarios metálicos, evidentemente grises. No había puerta. La separación entre las habitaciones eran simplemente tabiques. Me molestó. Sin embargo, me gustaron las literas. Escogí una cama de las de arriba. Lentamente, la habitación fue convirtiéndose familiar. Quisiera o no, allí estaría mi cama, mi ropa, mis libros, todo lo que era mío. No tardé mucho en instalarme. Y llegó el momento de la despedida.

             Mis padres entraban en el coche y, al mismo tiempo, iban desgranando las recomendaciones que, previamente, habían acordado darme en aquel momento. Tenemos que irnos, sé buen chico, sabes que hasta dentro de quince días no podemos venir a verte, seguro que vendremos, si necesitas cualquier cosa, nos llamas, llámanos de todas formas....

             Mi madre tenía los ojos brillantes; era evidente que iba a llorar y que no lo haría delante de ti. No podía irse así; estaba segura de que te dolería y no lloró. El coche desapareció carretera abajo, hacia la puerta de la valla.

             Esa noche no pude evitar recordar mi casa, mis padres y hermanos, mi cama. Unas lágrimas saladas rodaban por mis mejillas. Pero no me daba vergüenza. Aquella noche todos lloraban. ¿Qué otra cosa podías hacer aquel puñado de niños mas que llorar?. La soledad había entrado inesperadamente en nuestras vidas. Aquella noche compartí cama, por primera vez, con mi más fiel compañera. Nuestra amistad iba a durar mucho tiempo.

Por favor, escribe todo lo que se te ocurra sobre este tema, cualquier recuerdo tuyo es importante. No nos interesa el estilo literario,  lo que nos interesa a todos son tus recuerdos, que en cierto modo son también los de todos.

Envíanoslo en formato Word, a la dirección de Barroso: pruden@wanadooadsl.net

 

 

Última modificación: 04 de julio de 2003