El hombre del palo du
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El hombre del palo "du"

 

Vigía de nuestros pasos, de nuestras excursiones de fin de semana, allí, siempre atento, se encontraba el hombre del palo "du". Siempre aparecía detrás de algunas de las palmeras que separan las vías centrales de la Avenida del Cid Campeador de las aledañas. Siempre. Arrancaba su motocicleta con ese rugido cansino y empezaba el juego de la persecución en la que los semáforos eran sus cómplices. Veíamos desde el autobús distanciarnos de él y, al rato, aprovechando nuestras paradas en algunos de ellos en rojo, aparecía aquella motocicleta roja, algo descolorida por los años, cansada de tantos kilómetros, con su carga que consistía en un hombre de rostro curtido, ansioso, con ni siquiera un casco que le cubriera (creo que entonces o no era obligatorio o que su menguado patrimonio no daba para ese accesorio) y una cesta de mimbre con su golosa mercancía cubierta con un paño, de entre de cual siempre sobresalían algunos extremos de palo du (los más largos y gruesos).

 

Los autobuses eran implacables y nunca le esperaron. La luz verde de los semáforos hacía ponerse en marcha de nuevo aquel convoy al destino elegido para ese fin de semana pero que siempre tenía algunos lugares comunes: La Alameda (donde aparcaban los autobuses y era el origen de nuestros paseos por Valencia) y los chiringuitos en la playa (donde dábamos cuenta de la comida que traíamos en las bolsas de papel). Siempre, en algún momento, aparecía y, sin saber cómo, a lo lejos, se divisaba un pequeño tumulto de chiquillos que demandaban una ración de aquel palo tierno y hebroso con su sabor dulce a regaliz. Nunca vi cómo se formaba ese pequeño mercado. Siempre, como de la nada, de golpe, aparecía aquel dulce y alborotado bazar. Si el palo era de un calibre más ancho, sus manos, con sus pequeñas tijeras de podar, ajustaban la longitud al precio convenido (no recuerdo los precios, lo que sí recuerdo que siempre lo ajustaba con precisión de relojero a la demanda de aquel día). Si varios colegios habían salido de excursión los vendía rápido y más caro y le dejábamos de ver pronto. En cambio otras veces nos seguía todo el día y al final del mismo le veíamos retornar con parte de su carga. Fue cuando entendí el significado de la palabra ubicuidad. Siempre, en casi todas las excursiones, de cualquier colegio, en cualquiera de aquellos tres cursos, estaba presente el hombre del palo du.

 

Hasta aquí no deja de ser un detalle, casi sin importancia, que, en realidad, no merecería ni siquiera ser casi recordado si no fuera por lo que ha hecho que le recuerde aún después de tantos años (bueno, en realidad, nunca le había olvidado): Excursión a Museo de Ciencias Naturales de Onda (Castellón). Como siempre, en la avenida, apareció nuestro atento perseguidor al cruzar Valencia. Siempre, viniendo de Cheste, teníamos que entrar en la ciudad por aquella avenida (entonces no había circunvalaciones; para mí ni se había inventado esa dichosa palabra). Siempre veíamos el despertar de la ciudad; siempre, mirando tras las lunas de autobús, contemplábamos las filas de palmeras sobre aquella alfombra de césped, la cárcel -yo siempre la buscaba para ver las garitas y los guardias civiles en ellas: serios, circunspectos -, el pequeño ajetreo de una ciudad mediterránea en las primeras horas de la mañana de un fin de semana, el azul del cielo... Cruzamos Valencia; el viaje continúo; vimos de cerca el mar cuando la autopista o la carretera se acercaba a él, los rompeolas de grandes bloques de hormigón que nos separaba. Mirábamos también un paisaje tableteado compuesto de naranjales y huertos, más a lo lejos de olivos y de algarrobos. Por fin nos adentramos en la provincia de Castellón, contemplando a lo lejos fábricas y talleres de cerámica hasta que llegamos al museo, creo que parte de un monasterio o colegio de monjes - con hábitos- que se veía encumbrado por una pequeña semiésfera de un pequeño observatorio astronómico.

 

De aquella excursión recuerdo vagamente el burro disecado que en algunos de los escaparates se podían ver dentro de museo, o de aquellos enormes frascos llenos de formol que contenían (y supongo que seguirán conteniendo) accidentes de la naturaleza que entonces se tildaban o tildábamos de "fenómenos" o "maravillas" de la misma: pollos de dos cabezas, con sólo una pata, y cosas así... Todo un rebaño de animales domésticos deformes. La verdad que sólo me acuerdo del pollo de dos cabezas y del burro disecado y que, en cualquier caso, no despertó en mí la vocación a la veterinaria o, por deformación o proximidad a la misma, a la medicina. El caso es que, una vez llegados allí, pasamos todo el día hasta media tarde por el museo y por un parque próximo en donde dimos cuenta de los bocadillos de las sempiternas bolsas de papel con los casi sempiternos huevos duros y chocolatinas. ¿Y qué pasó a eso de las tres y media o cuatro de la tarde cuando ya, como chavales de nuestra edad, estábamos jugueteando medio cansados por aquel parque o jardín del museo? ¿Qué pasó? Sí. Apareció él, con su motocicleta, de color rojo burdeos (gastado, muy gastado: el color burdeos y la moto). El hombre del palo "du" montó su pequeño negocio al lado de algunos de los autobuses. Comenzó a vender a unos pocos parte de su mercancía. Fue una de las pocas veces que recuerdo su puesto con tan pocos clientes: dos o tres; a lo sumo alguno más, como perdido. Los que ya habían comprado sus trozos de palo "du" se iban yendo con ellos en las manos con cierto aire de triunfo y satisfacción... Nos volvíamos a Cheste; eran de los pocos, de los triunfadores, de los que por suerte o por estar atentos iban a disfrutar de palo "du". El resto nos estábamos subiendo en los autobuses para regresar. Supongo que los "tutores" (Don Jesús Saludes, o Don Juan, o el "Dire") nos estarían apremiando. Así que casi nada más llegar él, el hombre de palo "du", nosotros tuvimos que regresar dejándole con el cesto de mimbre casi lleno y, me imagino, el depósito de gasolina más triste que las dos cabezas solidarias del pollo en formol que vimos en el museo.

 

Varios años después me volví a acordar del hombre del palo "du", cuando un historiador exiliado (creo que Claudio Sánchez Albornoz o Salvador de Madariaga, no me acuerdo bien cuál de ellos), en su regreso a España, fue preguntado por un acontecimiento que fuera, para él, el más extraordinario y épico de la historia. El sesudo y agradable historiador declaró que, sin lugar a dudas, fue la Conquista de Méjico por parte de Hernán Cortés. En ella los conquistadores españoles recorrieron prácticamente a pie (llevaban sólo unos cuantos caballos) una distancia equivalente a la que hay desde Madrid a Moscú y, siendo unos centenares, se hicieron con unos de los imperios más grandes y prósperos de entonces. Yo me acordé del hombre del palo du que había recorrido, con su hueca motocicleta el camino desde la Avenida del Cid Campeador al Museo de Ciencias Naturales de Onda (el de los animales deformes en formol) con una perseverancia propia del conquistador extremeño pero con un mísero premio de sólo varios palos du vendidos...

 

No se rindió. En la siguiente excursión, en la entrada de Valencia, volvió a aparecer detrás de una palmera con el sonoro y agónico "runrun" de su moto: Era el tenaz hombre del palo du, uno de esos anónimo héroes, que infatigable, cada sábado por la mañana, comenzaba una nueva aventura de perseguir autobuses llenos de niños sonrientes y golosos por las calles de Valencia.

 

 

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Última modificación: 04 de julio de 2003